domingo, 28 de julio de 2013

Dick

Hay un instante fatídico en el que la tragedia que parecía lejana y ajena y que tan sólo movía a cierta empatía con el dolor de otros se convierte en propia. La porción de tiempo que ocupa la lectura de un mensaje de Whatsapp basta para cambiarlo todo y que el corazón se encoja. Andábamos enredando con el accidente y sus causas y con el tratamiento dado por la prensa al suceso sin sospechar que entre los hierros retorcidos estaba uno de los nuestros. Uno de los buenos, quizás el mejor aunque ahora suene a elogio manido al que ya se ha ido. Las horas de incertidumbre entre ese mensaje y la confirmación de la muerte de Dick las ocupamos algunos en subir a Twitter las canciones que sabíamos que más le representaban; con las que había bailado, en sus propias palabras, “metiendo culo y sacando morritos”. Cada uno tiene su propia forma de rezar y de enfrentar la tragedia cuando parece pendiente sólo de un milagro que casi nunca llega.

Si dijera que no conocí a Dick mentiría. No lo vi nunca en eso que llaman pomposamente “el mundo real” y sin embargo lo conocía mejor de lo que conozco a la mayoría de los que conviven conmigo a diario. Supongo que a muchos les resultará difícil de entender y, a estas alturas, poco me importa. Santiago Segurola salió horrorizado de Twitter definiéndolo como “un bar de borrachos”. Manuel Jabois ya le contestó con su brillantez habitual pero uno acaba pensando que el bielsista tenía algo de razón. Mi experiencia me dicta que, más que un bar de borrachos, Twitter es una zona de bares. Uno va entrando en todos hasta que un día descubre un bar en el que pinchan la música que a uno le gusta y se queda en él para siempre. Conocí a Dick en ese bar hace ya más de dos años y con él he desayunado, he tomado el vermut, la comida, el café, las cañas, las copas y hasta la última del último after. He vistos los partidos del Madrid de Mourinho y del Madrid de Messina y del de Pablo Laso. Unas olimpiadas. Una Eurocopa. Conciertos de New Order y Noel Gallagher. He despedido años y celebrado cumpleaños. He bajado con él a comprar risketos al chino y he sufrido con él sus “cierres de mes”. Con Dick y con otros, a los que como a él considero mis amigos por encima de definiciones que convendría revisar más pronto que tarde. De carácter vehemente los dos, hemos discutido sobre lo divino y lo humano sin dejarnos palabras en el tintero de la cortesía. Revisando ayer sus tuits encontré la última discusión que tuvimos, a cuenta del atentado de Boston, y descubrí con infinita e íntima satisfacción que quedó zanjada cuando le dije: “Tú y yo no podemos discutir, Dick”. Era tanto lo que nos unía que carecía de sentido enzarzarse en estériles discusiones sobre acontecimientos sobre los que nada sabíamos en realidad. Lo nuestro era el Real Madrid, el northern soul, el revival mod, Mourinho y Sir Alex, los Boston Celtics, el sonido Manchester y el Brit pop, el baloncesto FIBA de hombres de pelo en pecho y Drazen, los bares, los clubes, los afters, las mujeres que amamos y las que íbamos a amar y Zooey Deschanel.

Algunos tienen la idea de que los tuiteros somos una masa de frikis sin amigos que disfrazan en la red social sus carencias afectivas y sociales. Seguramente haya de esos pero los que yo conozco y yo mismo no somos sino nostálgicos del bar y la pandilla. Y de un tiempo en el que la juventud nos permitía vivir siempre en el exterior ajenos a las responsabilidades y los horarios. El tiempo de los bares frente a la facultad, los amigos del fin de semana y las largas vacaciones de verano en las que todos los días eran sábado. Encontramos en Twitter la manera de pasarnos la vida en el bar cuando ya no podemos pasar la vida en el bar. Encontramos en Twitter aquel bar al que siempre podías dirigirte, cuando salía mal una cita o decidías echarte a la calle a última hora, sabiendo que encontrarías allí a tus amigos. A Dick lo podías encontrar casi siempre en el bar, destilando ingenio en botellitas de 140 caracteres, repartiendo bilis entre los tontos, discutiendo con Koji y Favelas o encerrado en el DM con alguna muchacha bien parecida. En Dick veíamos una actitud descarada, nerviosa y febril que lo emparentaba con los work-class-heroes que tanto amaba, siendo la conciencia de clase de Dick únicamente de orden estético y nunca político. Veíamos una arrogancia de la que descendía lentamente como el riff final de un medio tiempo pop. Dick era pop. Cada uno de sus tuits era una píldora de entusiasmo juvenil y optimismo vital salpimentados a veces de cierta amargura nostálgica. Y el ingenio del que estaban repletos era tan habitual que en ocasiones pasaban desapercibidos hasta el punto de que con las caras b de los singles de Dick podríamos hacer uno de los mejores discos de todos los tiempos. Noel y Mourinho. Mourinho y Noel. La Santísima Dualidad en la que se asentaba el paganismo pop en que consistía la religiosidad de Dick. Noel era Dios y Mourinho era Dios. Dos personas distintas y un sólo Dios verdadero. “Solo creo en Mourinho y en Noel Gallagher. Y ninguno es español”. Una dualidad que se vio aumentada con la llegada al gobierno de Luis de Guindos y el intento, nada exitoso por cierto, de Dick de convertirnos a todos al “deguindismo”. “Ahora mismo están en suelo español Noel Gallagher, Mourinho y De Guindos. No os olvidéis de este momento nunca”. A Dick le gustaban los trajes de corte impecable del Ministro de Economía y que metiera palabras en inglés en sus comparecencias y lo convirtió en mito. Junto a esos dioses todopoderosos habitaban el Walhalla de Dick dioses menores que iban de Petrovic a Khedira pasando por Bird o Ray Davies. Trasteando desde el viernes entre sus tuits encontré uno que no vi en su momento y que llevo bordado ahora en la negra parca que cubre mi alma estos días como si fuera la escarapela de la RAF. Y una escarapela de la RAF ha sido la corona de flores que tan acertadamente eligió Luis Espuny para homenajear a Dick en nombre de todo el Madridismo Underground. Porque esa era la etiqueta que prefería Dick sabiéndose miembro fundador de un movimiento nacido en las catacumbas de Fans del Madrid y al que otros llegamos de rebote provocando no pocas veces que Dick nos mirara, con razón, como simples advenedizos. Dick escribió la mejor definición que se haya hecho nunca del mourinhismo: "el mourinhismo es no deberle nada a nadie" y como él no le debía nada a nadie pudo mantener siempre una independencia que quizás otros muchos perdimos en algún momento. Es por eso que el TL de Dick en Twitter es la mejor manera de entender esos años que ayer mencionaba David Gistau en su conmovedor obituario en ABC. Esa columna de David me hizo recordar, y creo que él la habrá recordado estos días también, una conversación nocturna entre los tres a colación de un artículo de Gistau sobre Obús y que había causado en mí y, sobre todo en Dick, una gran desazón. Acabado el intercambio de tuits, David tuvo a bien enviarme un mensaje directo: "Te voy a contar un secreto. Cuéntaselo a Van Palomaain pero a nadie más, que bastante tengo con lo que tengo". Transmitido el secreto, que quedará para siempre entre los tres, recibí la contestación de Dick, tan suya, "menos mal, macho, ahora ya puedo irme a dormir tranquilo". Genio y figura.

Me perdonará Dick, puede que no, si elijo para despedirle el estribillo de una canción de The Kinks y no una de Oasis. Canción que define, en mi opinión, mejor que ninguna otra el espíritu que animaba a Dick y que lo hacía único e irrepetible. Juan Antonio Palomino, Van Palomaain para los siglos, Dick, amigo, nos veremos pronto.

And I don't want to ball about like everybody else,
And I don't want to live my life like everybody else,
And I wont say that I feel fine like everybody else,
Cause Im not like everybody else,

Im not like everybody else.

martes, 21 de mayo de 2013

Los años de Mourinho (I)


Fue una segunda adolescencia. Un recuperar el gusto por el fútbol y sus calles adyacentes que habíamos perdido en medio de carruseles, sanedrines y programas de madrugada con olor a naftalina y coñac barato. Volvimos a ser jóvenes airados, chicos rebeldes, beatniks en un Frisco virtual con compañeros de viaje que íbamos encontrando en el camino. Había llegado José Mourinho para abrir las ventanas y regenerar el aire viciado y espeso, grasa y sudor, perfumes de droguería y palillos en la comisura de los labios. Veníamos de un fútbol funcionarial y triste, atenazado por las convenciones, secuestrado por gañanes a las órdenes de señoritos con intereses espurios. Veníamos de un madridismo acogotado y triste, que rumiaba las derrotas más indecorosas y vivía las victorias con vergüenza y sentimiento de culpa. Mourinho nos hizo recuperar el orgullo, la historia y las esencias verdaderas alejadas de los falsos profetas de un señorío impostado que no perteneció jamás al Real Madrid. “Señorío es morir en el campo y no filosofía barata”. José Mourinho traspasó lo futbolístico y puso a todo un país frente al espejo. Y vimos un país anclado aún en los mismos vicios del pasado, con sus mismas miserias y defectos. La España de la envidia y la molicie, de la soberbia mal entendida y la humildad más falsa, la del conchaveo y el amiguismo, la de un patrioterismo asentado en la ignorancia y el odio al diferente. Hemos pasado del “que inventen ellos” al “no hace falta que vengan de fuera a inventar nada”. Es el casticismo del casticismo. Mourinho fue el pedal de distorsión en una melodía que ya sonaba rancia, la granada sin anilla en el agujero del culo de los mediocres, el hombre nuevo en un reino de porteras. Y también hubo fútbol. Claro que hubo fútbol. Tormentas eléctricas de fútbol salvaje. Riadas de fútbol primitivo que nacía extrañamente de sofisticadas estrategias. Fútbol frenético que desesperaba a los realizadores de televisión. Fútbol en cascada, bucles de fútbol, viento huracanado de fútbol, bombardeos psicópatas de fútbol. Violenta velocidad y armonía en el caos. Fueron años de sensaciones y piel. De matildismo y malditismo a partes iguales. El adiós de Rimbaud.

“Sí, la nueva hora es al menos muy severa.
 Ya que puedo decir que he alcanzado la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros llenos de pestes se calman. Todos los recuerdos inmundos se borran.
Hay que ser absolutamente moderno”.

martes, 30 de abril de 2013

Amancio


Antes de que nos robaran el fútbol las únicas cifras que importaban eran las que aparecían en los marcadores con sus rectángulos de cartón-piedra, nadie medía la longitud de las briznas de hierba ni la cantidad de pases seguidos que era capaz de dar un equipo y los highlights se almacenaban en la memoria colectiva en vez de en servidores de San Bruno-California y se transmitían de generación en generación como romances antiguos de la boca de los mayores a los oídos de los niños. No había carrileros, ni medioscentros, ni trescuartistas y todos los delanteros eran de verdad y los porteros estaban locos. Era un fútbol de domingo tarde, cambio de cromos y transistores. Los futbolistas eran nada más y nada menos que futbolistas y dejaban los sermones para los párrocos de misa de doce. Era un fútbol sentimental y básico en el que se cimentaban pasiones que sólo tenían que ver con el propio fútbol. Amancio Amaro perteneció a una de las últimas generaciones de futbolistas que no necesitaron taparse la boca para hablar en un campo por miedo a los lectores de labios y leemos su nombre en los papeles con la voz grave del abuelo que nos relató su mito en noches de Copa de Europa y mesa camilla.
“Amancio jugará en el Real Madrid, fichadlo”, cuentan que dijo Santiago Bernabéu a sus directivos que no parecían muy convencidos de soltar los 10 millones de pesetas de la época que costaba traer de La Coruña a un joven de 22 años sin experiencia en las grandes citas europeas y Amancio fichó tranquilo o eso dijo. Nacido para el fútbol en un equipo llamado Victoria su destino no podía ser otro que el Real Madrid. Era el momento de una renovación necesaria de un equipo que había conseguido que el fútbol quedara definido como un juego que inventaron los ingleses para que el Real Madrid lo hiciera leyenda. De vuelta a Manchester, tras ver un partido del Real Madrid en el Bernabéu, Matt Busby no pudo contener el entusiasmo y reunió a sus jugadores en el vestuario de Old Trafford para decirles: “Boys, they’re playing a different game over there in the continent. We’ve got to get involved”. Aquel Madrid dejó un legado de victoria y un estilo de fútbol directo y vertical, sin atajos, como correspondía a un equipo de saetas, galernas y cañones al que Bernabéu quiso añadir un brujo para que continuara el hechizo. Eso vio Santiago Bernabéu en Amancio Amaro, ese mismo fútbol sincero y sin ambages, que sólo conoce un destino, que sólo ambiciona un objetivo. El Real Madrid es una religión en la que la paciencia es pecado. Amancio era la gambeta acerada y la velocidad consciente, la magia galaica y brumosa, el temperamento de la marejada atlántica. Llegó a tiempo de compartir vestuario con aquellos mitos blancos y de ellos aprendió cual es el espíritu del Real Madrid, su esencia, su sino y su grandeza y acabó también convertido en mito. Con ellos perdió una final de la Copa de Europa, frente al Inter de Helenio Herrera y Luis Suárez, en lo que fue la despedida de Di Stéfano y de un tiempo inolvidable. Dos años más tarde se encargaría el propio Amancio de cerrar definitivamente un ciclo legendario con un gol en Bruselas contra el Partizan de Belgrado que sirve para ilustrar su libro de estilo y que le dio al Madrid una Sexta Copa de Europa que fue la última hasta hace bien poco. Un desmarque fulgurante, dos quiebros violentos y un toque sutil. Un gol que debería ser icono de la forma de entender el juego que acompañaba a Amancio Amaro y también al Real Madrid desde sus inicios. “La belleza del fútbol está más bien en el jugador que mata sus deseos de correr la pólvora y va desnudo a la velocidad”, escribió el olvidado Jacinto Miquelarena que distinguía lo perpendicular de lo barroco, la sobriedad de la pirotecnia. La magia de Amancio tenía un objetivo más allá de la estética vacía. Sus regates de bruixo eran salidas para continuar hacia un objetivo que no era otro que el gol. 14 temporadas en el Real Madrid, 1 Copa de Europa, 9 Ligas, 3 Copas de España, 2 veces Pichichi, 1 Bota de Bronce y una Eurocopa, ahora olvidada, de cuando España aún se llamaba España y no La Roja.
Nunca se escondió Amancio de los defensas que se cobraron en sus piernas la misma falta de piedad que él demostró por sus cinturas. Jamás pudo, ni quiso, dejar de arriesgar su físico. En aquél fútbol no existía el rival que le cediera un centímetro de césped sin armar la bota. Y no salía el Platini de turno a proteger de los defensas inclementes la magia del Balón de Bronce de cuando no los elegía el seleccionador de Qatar. Por valentía, la carrera de Amancio es el camino que lleva del catalán Torrens al paraguayo Fernández. En febrero de 1965, Torrens, en el Camp Nou, le mandó siete meses de la clínica al gimnasio porque “no había otra forma de pararle”. La prensa catalana acusó a Amancio de cuentista mientras su jugador se iba de rositas. En Junio de 1974, Fernández pareció que había conseguido retirarle del fútbol, en Granada. Una entrada salvaje por encima de la rodilla consiguió romperle el músculo cuádriceps. Al paraguayo le cayeron veinticuatro partidos de sanción. La cirugía y la férrea voluntad del gallego le devolvieron a los terrenos de juego hasta su retirada en 1976.
Como entrenador nos legó una generación de jugadores que en justicia debió llamarse “Los Niños de Amancio” y que incomprensiblemente acabó siendo conocida como “La Quinta del Buitre”. Los números y los datos sirven de poco para expresar el legado de Amancio Amaro pero conviene que las nuevas generaciones de madridistas sepan quiénes fueron y qué hicieron los hombres que convirtieron al Real Madrid en una leyenda viva y que no deben quedar olvidados en los archivos polvorientos del NO-DO. Deben ser sus voces y no otras las que nos hablen de la historia que ellos mismos construyeron, del espíritu que animó sus vidas deportivas y de la realidad de un club que se reinventa en la modernidad para recuperar su esencia. Amancio Amaro, El Brujo, mito viviente de una época en la que se cimentó una leyenda eterna.

(Escrito en colaboración con Manuel Matamoros para Primavera Blanca. http://www.primaverablanca.com/ )

miércoles, 6 de marzo de 2013

Héroe


El 20 de agosto de 2007 Sir Alex Ferguson, al frente de una numerosa delegación del Manchester United acudia a un funeral en la iglesia católica de Hidden Gem. Allí se pudo encontrar con Peter Hook, Shaun Ryder, Andy Rourke o Clint Boon. Todos ellos acudían para dar un último adiós a uno de los hombres más populares e influyentes de Manchester. Fundador de Factory Records y propietario del club The Hacienda, Tony Wilson había sido un pilar fundamental de la cultura popular británica desde los albores del punk hasta el momento de su muerte. Esa peripecia vital fue magníficamente retratada por Michael Winterbottom en la película 24 Hours Party People, un extravagante bio-pic relatado en primera persona que comienza con el primer concierto que los Sex Pistols dieron en Manchester y que habría de cambiar para siempre la concepción que de la música tenían Tony Wilson, por entonces reportero de Granada Television, y unos pocos jóvenes mancunianos más entre los que se encontraban Howard Devoto, Peter Hook, Vini Reilly, Bernard Sumner o Mick Hucknall. Una de las secuencias de la película nos muestra a Wilson dirigiéndose directamente al espectador mientras avanza por la pista de The Hacienda, sorteando a centenares de clubbers que participan felices en la sagrada ceremonia del ritmo que oficia desde la cabina del dj Laurent Garnier. “Manchester, cuna del ferrocarril, el ordenador, la bomba que bota. Y esta noche está sucediendo algo igualmente histórico… ¿Lo veis?...Están aplaudiendo al dj. No a la música, no al músico, no al creador, sino al médium. Aquí está el nacimiento de la cultura rave, la beatificación del ritmo, la era de la música dance. Es el momento en el que hasta el hombre blanco baila”. Hace tres años esa revolución se produjo de la misma manera en otro club, el Real Madrid. Por primera vez, no sólo había buenas canciones en las estanterías sino quien las colocara en un orden lógico para crear un todo. Por primera vez en el club blanco se empezó a aplaudir al médium y vivimos desde entonces el momento en el que hasta los hombres blancos bailan.

Un partido del Real Madrid en Old Trafford activa reflejos condicionados y recuerdos que forman parte del imaginario madridista. El enfrentamiento del año 2000, que abría el camino hacia la consecución de la Octava, tuvo como principal protagonista a Fernando Carlos Redondo, que dominó aquel partido con una autoridad que no hemos vuelto a ver en jugador alguno. No olvidamos el partido de Steve McManaman, un jugador de culto, algunas de cuyas jugadas guardamos en el cajón de los recuerdos como si fueran singles de The Durutti Column, y de un Raúl en el que todavía observábamos cierto fulgor adolescente y el descaro del fútbol de descampado. Queda para los siglos la jugada de Redondo en el segundo gol madridista que fue magia y milagro. Magia en el taconazo inverosímil, cuyo truco aún tratamos de desentrañar, y milagro en ese pie que llega para salvar el balón justo antes de que éste se precipite por el abismo de la línea de fondo. Tony Wilson recordaba años despues ese partido en las páginas de The Guardian: “One of the times I've felt most desperate was when Real Madrid knocked us out at Old Trafford in 2000, when Redondo was fantastic in midfield for Real and ran the game. It was a serious disappointment.”

De nada iban a servir ayer los recuerdos. Alex Ferguson llegó a Old Trafford con la lección bien aprendida y se permitió dejar en el banquillo a Rooney y su aspecto de miembro del sindicato de estibadores de Liverpool. Planificó un sistema de ayudas que dejaban siempre a Cristiano Ronaldo solo frente a todos y rescató la esencia del fútbol inglés de balones en largo en busca de Van Persie y Welbeck. Con el segundo tendrán pesadillas Sergio Ramos y en menor medida Varane. La primera parte fue un quiero y no puedo del Madrid cuyos ataque acababan muriendo siempre en el borde del área y un susto tras otro de los blancos que sufrieron como nunca en los balones aéreos que siempre ganaba Vidic. Visto lo visto, el empate inicial no era mal resultado al descanso contando con la lesión de Di María que tuvo que ser sustituido por Kaká poco antes de cumplirse el primer acto. El plan de Ferguson encontró su premio cuando Sergio Ramos desvió un balón que llegaba mansamente a los pies de Fabio Coentrao y lo introdujo en su propia portería. Si para resarcirse de su fallo en la tanda de penaltis frente al Bayern acabó lanzando un penalti a lo Panenka en la Eurocopa, no queremos ni imaginar con qué nos sorprenderá el de Camas ahora. Tras el gol hubo tímida reacción madridista pero fue un golpe de suerte, nunca mejor dicho, lo que cambió el signo del partido. Nani impactó con los tacos en el costado de Álvaro Arbeloa y el árbitro decidió mandarlo a la caseta. No fue la expulsión lo que hizo variar la tendencia de la eliminatoria sino el cambio introducido por José Mourinho. Apareció sobre el césped de Old Trafford la infantil figura de Luka Modric y, ante la sorpresa de todos, se hizo con los mandos del encuentro. Fueron apenas veinte minutos de descaro plavi pero valieron una eliminatoria. Se encargó el croata de mover al equipo hacia un lado y hacia otro, de batir líneas con eslaloms asesinos, de ofrecerse apareciendo siempre junto al compañero presionado, de inventar pases al corazón del área y, como esto no fue suficiente, acabó pidiendo un aclarado para jugarse un balón que terminó en el fondo de la red. Era Luka Modric pero yo estaba viendo a Alexandr Petrovic. Ese gol encendió al Madrid y deprimió al United y vivimos los mejores minutos del partido que culminaron con una combinación genial entre Ozil e Higuaín que el argentino aprovechó para centrar al segundo palo donde apareció Cristiano para cerrar la eliminatoria. Esa asistencia del argentino fue un premio escaso para el derroche físico y táctico que desplegó durante todo el partido y que explica sobradamente la decisión de Mourinho de preferirle al huido Benzema, que celebró el segundo gol mientras recibía las instrucciones para saltar al campo y acabó recibiendo la instrucción de volver al banquillo. Los veinte últimos minutos sirvieron para agrandar la figura de Diego López y para recordarnos el partido del año pasado frente al Bayern en el Bernabéu. Con la eliminatoria prácticamente sentenciada se descompuso por completo el Madrid y se vivieron minutos de absoluto dominio de los de Ferguson. Resulta especialmente llamativa en un equipo dirigido por Mourinho esa dificultad para controlar esa clase de partidos cuando ya parecen resueltos. Tan sólo Modric pareció entender qué había que hacer y el partido acabo muriendo en sus pies de niño de la guerra, exiliado desde ayer del olvido e instalado ya en el  olimpo de los héroes madridistas. Un héroe como el retratado en el poema de José Hierro.

Despojad un instante a esta palabra
-héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad
las iconografías consabidas:
Grecia y piedra rosada, cara al mar,
héroes ecuestres del Renacimiento…
Era otra cosa el hombre que yo vi.

sábado, 2 de marzo de 2013

Eternidad


Cuando José Mourinho aterrizó en Madrid, el Barcelona de Guardiola amenazaba con instaurar una hegemonía futbolística e ideológica que podía mantenerse durante más años de los que nuestra paciencia podría soportar. No era sólo la impecable trayectoria deportiva del Barça sino la deriva madridista hacia el conformismo en la derrota. Como escribió Samuel Johnson: “Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas.” Ese fue el principal escollo que tuvo que superar el entrenador portugués y más cuando en su primer enfrentamiento directo con el Barcelona cosechó la más humillante de las derrotas. Romper la cadena del hábito de la derrota fue una misión que sabemos que no hubiera podido ser realizada por ningún otro. Aquella dolorosa goleada bien pudo haber convertido al Madrid en el Foreman que salió de Kinshasha, sumido en una depresión que duró años, pero la personalidad del de Setúbal sobrevivió a aquello como ha sobrevivido a muchas otras cosas que ha tenido que sufrir desde que llegó a España. Las últimas victorias frente al Barcelona parecen haber servido para apartar el foco de la crítica del rostro del entrenador y prefiere el agit-prop del marquismo-leninismo centrar el ataque sobre esos nuevos enemigos del pueblo que pegan pataditas a los niños buenos. Ayer ganó el Madrid, además, recurriendo al plan primigenio con Pepe de medio-centro.

A Hugues este Barcelona del ocaso le mueve a la ternura y otro tanto me ocurriría a mí de no contar en sus filas con Xavi Hernández. Xavi es la barrera infranqueable que no pueden atravesar mis intentos de empatía con el Barça derrotado y triste, desnortado y agónico. Xavi va camino de convertirse en la Norma Desmond de este crepúsculo de los dioses blaugrana y sabemos que acabará replicando al “era usted grande” con un “soy grande, es el fúpbol el que se ha hecho pequeño”. Ayer tarde no estaba Xavi y yo estuve a punto de no estar tampoco. La inquina de Roures hacia lo español le llevó a poner el partido a la hora de la siesta y uno está tan acostumbrado ya a la nocturnidad futbolera que le pareció que ver el partido tomando un cortado era lo mismo que pedir un poleo en un burdel. Lo mismo debió pensar Benzema, que apareció a poco de comenzar el partido para empujar a la red un buen centro de Morata y no volvimos a saber de él. Como ya hemos dicho, Mourinho hizo un guiño al pasado y sacó a Pepe a limpiar el centro del campo haciendo que los centrocampistas del Barça levantaran los pies como los clientes del bar que cierra cuando pasa el camarero con el cepillo y el mocho. El Barcelona de la primera parte fue el Limoges de Bozidar Maljkovic dando una lección de tostonball y en medio del aburrimiento Messi hizo el mismo truco que Benzema apareciendo para marcar un gol y desapareciendo después. El Madrid había salido con un equipo lleno de suplentes y no fue porque Mourinho tirara el partido pensando en el martes sino porque pensó que con ellos bastaba para contener a este Barcelona meláncolico que mira al banquillo buscando a Guardiola y se encuentra a un payés en chándal que parece haber salido de casa a ver cómo marcha la cosecha de arbequinas. El pobre Roura tiene en el rostro una permanente expresión de llevar un traje que le viene demasiado grande porque no le dejaron ir al sastre a probárselo antes. Controlado el partido anímicamente salió Cristiano, que ya en la primera jugada despertó a todo su equipo que se había quedado hipnotizado por el péndulo del tiqui-taca, y Sami Khedira que sólo tuvo que darle las buenas tardes a Iniesta para que se terminara la fiesta. Ramos marcó el gol de la victoria al cabecear un córner magistralmente botado por Modric y casi le perdonamos todo lo demás. Terminó el partido con una caída de Adriano dentro del área del Madrid que Valdés desde el otro lado del campo vio como clarísimo penalti y tras el pitido final se cagó en los valores corriendo a por el árbitro, mostrando un comportamiento tan chusco y alejado de las enseñanzas de La Masía que no descartamos que esta semana se recupere la entrevista en la que siendo niño mostraba su rendida admiración por Paco Buyo. Dos victorias seguidas frente al Barcelona han servido para cicatrizar profundas heridas pero el madridismo siempre quiere más y nos sirven para explicar nuestros anhelos los versos de Houllebecq.

“Queremos algo como una fidelidad,
Como una imbricación de dulces dependencias,
Algo que sobrepase la vida y la contenga;
No podemos vivir ya sin la eternidad.”

Y la eternidad, para el Real Madrid, solamente es la Copa de Europa.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Danza


Nos contaban ayer, con acento porteño y conjeturas borgianas, que la plantilla del Real Madrid se dividía en dos. Los sicarios sin alma, dispuestos a seguir al pie de la letra las macabras instrucciones del Padrino, y los objetores de conciencia, cuáqueros en calzoncillos que desoyen las llamadas a la violencia de su perverso entrenador. Xabi Alonso y Álvaro Arbeloa han pasado de ser héroes de eso que llaman La Roja a ser presentados como una especie de alter-egos de Vincent Vega y Jules Winnfield en un pulp fiction ad hoc con los exteriores rodados en los estadios de media España hasta el punto de que uno ya se imagina al de Tolosa recitándole a Messi los versículos del Libro de Ezequiel, antes de estamparle contra las vallas publicitarias, bajo la mirada aburrida del de Salamanca. “Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos”. Lo único cierto es que la falta de liderazgo en el campo que observábamos en los partidos importantes de la temporada pasada parece haber sido sustituida por el incontestable liderazgo futbolístico de Cristiano y por el cada vez más visible liderazgo moral de los dos jugadores a los que ahora señalan los voceros del tardo-segurolismo emitiendo gironazos a diario. "Ser comprendidos no es necesario. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía”, escribió Marinetti y lo mismo parecían decirles a sus compañeros en el calentamiento los dos soldatos de Mourinho.

La melancolía ha tardado en llegar pero parece haberse instalado ya en Can Barça por mucho que intenten evitar pronunciar el nombre de Guardiola como si fuera el de Jehova. El Real Madrid cerró el círculo que se abrió con el 5-0 que no queremos ni recordar con un partido que dominó siempre dándole el balón al Barcelona como quien se lo da en la playa al niño para que no moleste. Adelantó la defensa para achicar espacios y maximizar la presión reduciendo el juego del Barça a un rondo inane e insustancial. Varane volvió a ofrecer un clínic aseando las inmediaciones del área con una suficiencia y elegancia que no habíamos visto jamás y dejando en segundo plano la descabellada exuberancia física de Ramos. A Rafael Varane le pones a barrer con una escoba el escenario del Teatro Real y le acaban concediendo el Premio Nacional de Danza. Los laterales no permitían ninguna broma y Khedira se aplicaba en la contención dejando para otro día lo del box-to-box. Alonso asumió los galones e Higuaín, consciente de su baja forma, se dedicó a un trabajo sucio y poco lucido que acabaría por agradecer el colectivo. Di María ponía algo de locura canchera, Ozil perfumaba el campo con esencias de Anatolia y Cristiano desquiciaba a toda la defensa blaugrana, incluido Puyol, que por una vez abandonó el seny y disfrazó su impotencia con el traje de supuestos errores arbitrales. Una cabalgada de Cristiano sólo pudo ser frenada por una zancadilla de Piqué dentro del área y el de Madeira se encargó de anotar el primer gol con la suficiencia del que conoce su propio destino. “El mundo es de quien nace para conquistarlo y no de quien sueña que puede conquistarlo”, dijo otro portugués, Pessoa. El gol que adelantaba al Madrid sirvió también para desquiciar al Barcelona que, como suele hacer en estas ocasiones, abandonó el fútbol para echarse en brazos de la simulación. A Jordi Alba le jugaron una mala pasada las neuronas espejo y tras recibir un golpe en el pecho dudó entre imitar a Alves agarrándose la pierna o a Busquets llevándose las manos a la cara. Optó por lo segundo, suponemos que por empatía nacionalista. Nada cambió tras el descanso y si cambió algo fue para incrementar el dominio del juego del Madrid y la soporífera performance del Barcelona. Di María le hizo un roto a Puyol y el rechace de Pinto lo recogió Cristiano que hizo pausa de taurino y alojó el balón en la portería y el discurso culé en el cubo de la basura. Varane le ganó la posición a Piqué a la salida de un córner y, mientras el novio de Shakira buscaba en la grada espías de Metodo 3, el balón llegaba a la red con la suavidad de una caricia. Corrió el cuáquero Varane a abrazarse con el líder del Grupo Salvaje, dejando al escriba de El País con el culo al aire del invierno. Tras el tercer gol no quiso el Madrid hacer leña del árbol caído y reservó fuerzas para las batallas que se avecinan. En un arranque de lo que creemos que es humor portugués mandó Mourinho a Casillas a dar la rueda de prensa, como quien manda al niño al quiosco para poder echar un polvo tranquilo, mientras en el vestuario celebraban las hienas la caza del ñu. Quedan pocos meses para que acaben las especulaciones sobre el futuro del entrenador y desde aquí sólo nos queda recurrir de nuevo a Nietzsche y decirle: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Como diría uno que yo me sé, parafraseando a otro que todos sabemos: “Que la chupen, que la sigan chupando”.

jueves, 14 de febrero de 2013

Pop


Dicen los mancunianos, sin ápice de humildad, que “lo que Manchester hace hoy, el mundo lo hará mañana” y seguramente no anden desencaminados. El Manchester United, hasta la llegada de Sir Alex Ferguson, era sin lugar a dudas el menos laureado de la Ivy League del fútbol europeo, de la aristocracia a la que sólo pertenecían aquellos que se habían ganado el puesto acumulando títulos en las vitrinas y, sin embargo, nadie podía poner en duda su pertenencia a ese club restringido. El Manchester United pareció durante muchos años el Michi Panero del fútbol europeo: un autor sin obra cuyo prestigio se asentaba en el carisma pop. Si New Order son hijos de un suicidio, el Manchester United y su leyenda nacieron seguramente de las cenizas del desastre aéreo de Múnich y de su posterior capacidad para crear iconos que trascienden lo deportivo para pasar a formar parte de la cultura popular. Del primer verano que pasé en Inglaterra, arrastrado a Brighton por Quadrophenia y los hermanos Gil, aún conservo una bufanda del Manchester United y el disco que The Wedding Present consagraron a George Best, comprados en una callejuela de The Lanes. Ferguson acababa de llegar a Manchester por aquel entonces y nada hacía suponer que el ManU se iba a reinventar de nuevo como hiciera tras la tragedia del 58 pero, para quien ni siquiera había nacido cuando el club del Gran Manchester ganó la Copa de Europa del 68, los colores del equipo de Old Trafford producían una fascinación especial. Fueron primero los Bubsy Babes, supervivientes de la tragedia, Charlton y Denis Law y por encima del ellos el mencionado George Best, el Chico de Belfast, el Quinto Beatle, el primer jugador de fútbol convertido en estrella del rock sin necesidad de pisar jamás un escenario. De sinceridad primitiva, excesivo y deliciosamente arrogante como el que vendría a ocupar su puesto en el corazón de los aficionados reds más de 20 años después. Eric Cantona, con sus luces y sombras, inicia junto a Ferguson el despegue del ManU hacia una nueva revolución industrial llegando desde el Leeds del Yorkshire a la Casa de Lancaster sin Guerra de las Dos Rosas por medio. Revolución futbolística, ética y estética en la que se abandonan los usos y costumbres aristocráticos para crear una maquinaria nueva destinada a fabricar una marca global que convierte al Manchester United en el club más poderoso del mundo.

Cuando Florentino Pérez llegó al Real Madrid intentó hacer esa misma revolución pero se quedó en lo comercial ahondando en eso que llamaba Umbral, hablando del club blanco, el hueco metafísico. “El Madrid sigue por inercia, pero le falta el motor del cambio, que es una incardinación política, y le falta la levadura y el espesor de una representación social, epocal, que ya no tiene”. Se convirtió el Real Madrid en un casino de Las Vegas con su grupo de crooners crepusculares que vendían las entradas de todas las funciones pero sólo salían a cantar en unas cuantas, algunas de ellas memorables. Se comenzaron a hacer giras asiáticas y se vendían camisetas pero faltaba crear una mística que estuviera por encima de los nombres y la coyuntura y que no habíamos visto tras la muerte de Bernabéu y no hemos vuelto a ver hasta la llegada de Mourinho y Cristiano. Ese intento de revolución de Florentino se redujo a lo económico mientras se continuaba con la ética de los hidalgos y la estética de los paletos. Un Himno del Centenario encargado a José María Cano cuando al Manchester United le hacían la banda sonora The Stone Roses. La llegada de Cristiano y  Mourinho representan esa revolución pendiente del Real Madrid y su entrada definitiva en los circuitos de la mitología pop y de ahí el desprecio hacia ellos de los guardianes de una pureza de sangre que de nada sirve en los salones de la nueva aristocracia y de una historia que sólo sirve para alimentar la melancolía.

Alex Ferguson lleva más de veinte años como entrenador del mismo club pero en ese tiempo los equipos a los que ha entrenado han sido varios. Su inteligencia ha quedado demostrada al ser capaz de adaptar siempre los mimbres al cesto, creando siempre cestos funcionales con independencia de la forma que adopten. Anoche, consciente de su inferioridad, el ManU hizo el partido que la lógica demandaba apoyado en la sabiduría competitiva que otorgan los muchos años consecutivos jugando partidos de la exigencia del de ayer. La primera parte nos mostró un Real Madrid al que no se le acabaron de dar mal los medios tiempos que el equipo inglés le obligó a componer aunque sabemos que es en el frenesí donde el equipo blanco e encuentra más a gusto y donde resulta más fiable. En el control es, paradójicamente, donde el Real Madrid pierde la concentración y acumula errores y ocasiones falladas. Xabi Alonso tuvo que cambiar de batuta para dirigir a una orquesta acostumbrada a tocar a Wagner y que se tuvo que poner a interpretar a Bach. Como siempre que el Madrid juega contra un grande emergió la figura de Coentrao, Di María aportó afilados riffs de guitarra cuando la monotonía encorsetaba el juego y Varane ponía la cordura que ocultaba la suficiencia cargante de Ramos. El ManU había aportado disciplina táctica y los detalles de Van Persie, uno de esos delanteros centro líricos que Holanda le ofrece de cuando en cuando al mundo. Una vez más a la salida de un córner recibió el Madrid un gol y pudimos ver a Ramos bloqueando la salida de Diego López como si fuera un pívot en la lucha por el rebote de un tiro libre. Cristiano puso las tablas con un cabezazo de póster y no celebró el tanto por respeto a su creador. Pudo haber marcado el Real Madrid en varias ocasiones en esos primeros 45 minutos a pesar de haber jugado con diez. Lo malo de Karim Benzema no es esa melancolía manuelmachadiana en la que parece sumido, “Me siento, a veces, triste como una tarde del otoño viejo; de saudades sin nombre, de penas melancólicas tan lleno...”, sino la cara de magdalena proustiana que se le está poniendo y que nos conduce a nosotros a esa melancolía. Lo peor de anoche no fue su incapacidad para sumar al colectivo sino su capacidad de restar. Todas las decisiones que el francés tomó fueron equivocadas, conduciendo el balón cuando había que pasar y pasándolo cuando el juego pedía mantenerlo. En la segunda parte el Manchester, renunció inteligentemente a las señas de identidad del fútbol inglés y dejó para mejor ocasión el intercambio de golpes. El juego del Madrid se fue espesando a pesar de que Khedira iba asumiendo las tareas que el estado físico le iba obligando a abandonar a Xabi Alonso. Özil no dejaba de intentar sacar conejos de una chistera que según avanzaban los minutos se iba haciendo más estrecha y el cambio de Higuaín por Benzema no trajo más que melancolía porteña y tanguera. “Nostalgias de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó, pesadumbre de barrios que han cambiado, y amargura del sueño que murió”.  Acabe como acabe la eliminatoria, en los prolegómenos de cada partido del Bernabéu seguirá sonando por megafonía el Nessun Dorma y en el estadio del Manchester la voz de Ian Brown cantando This is the one. Esa revolución continua pendiente y yo quiero I’m resurrection sonado cada vez que José Mourinho pise el césped de Concha Espina.

Your tongue is far too long
I don't like the way it sucks and slurps upon my every word
Don't waste your words I don't need anything from you
I don't care where you've been or what you plan to do
I am the resurrection and I am the light
I couldn't ever bring myself to hate you as I'd like.