martes, 20 de agosto de 2013

Esperando a Bale


La nostalgia del Ausente que anunciara Gistau se ha convertido en una competición por ver quien tiene el mourinhismo más grande. Lo que un día llamamos mourinhismo se ha convertido en la UCD de Adolfo Suarez o El pico de las viudas que retratara John Irving. Hay que decir, no obstante, que para viudas compungidas las del periodismo patrio que no dejan de recordarme a aquella del sketch más políticamente incorrecto de Martes y 13 y que gemía desconsolada ante el ataúd de su marido: “¡Ay, Pepe, quién me va a pegar a mí ahora!”. La obsesión de muchos de estos individuos merecería un estudio por parte de algún eminente psiquiatra a ser posible que no sea argentino. Mourinho se fue y ahora le miramos como a la novia a la que no le supimos dar lo que pedía y que fue a caer en brazos de otro que le andaba susurrando al oído que no la merecíamos. Y nadie puede negar que tenía razón. Queda claro que el duelo les dura a unos más que a otros y en lo que a mí respecta le deseo al portugués que le vaya muy bien aunque él y yo sabemos que ha cambiado la aristocracia por un nuevo rico un poco hortera. Mourinho se fue pero lo que dejó sembrado en el Real Madrid apenas ha salido aun a la superficie pero que no le quepa duda a nadie de que ya germinó.

Acabada la primera era de Mourinho, puso Florentino Pérez la dirección del primer equipo en manos de Carlo Ancelotti, en lo que fue el primer culebrón del verano. Zinedine Zidane ocupa al parecer la dirección deportiva de la entidad y es al mismo tiempo el segundo entrenador del equipo de Ancelotti en una de esas paradojas que sólo pueden ocurrir en el Madrid. Zizou sería al mismo tiempo superior y subordinado del técnico italiano. He pasado muchas horas tratando de descifrar cómo realizará Zidane ese cambio de papeles en medio de una conversación con Ancelotti. Puede que ponga dos voces diferentes, una como jefe y otra como subordinado; quizás tenga siempre a mano un blazer y una corbata o es posible que hayan decidido expresarse en francés cuando Zizou es director y en español cuando es entrenador. Quizás la solución sea mucho más sencilla y el verdadero director deportivo sea Arrigo Sacchi, por poner un ejemplo. Zidane, o Carlo, o Florentino, o vaya usted a saber quién, se pusieron a la tarea de mejorar la plantilla con dos fichajes que concitaron adhesiones inquebrantables de todos los sectores del madridismo. Desde los camisas viejas del underground hasta las redacciones de los principales diarios madridistas antimadridistas. No se recordaba tanta unidad en el madridismo desde la celebración de la Séptima. Isco e Illarramendi más el regreso de Carvajal y la llegada de Jesé  al primer equipo suponían la base de un nuevo proyecto asentado en españoles y canteranos olvidando las tropelías de Mourinho que nos llenó ésto de portugueses que se rifaba media Europa, turcos desconocidos que renunciaban a su sueldo mientras estaban lesionados y tuercebotas como Sami Khedira. Gentuza. Volvía la ilusión y los niños sonreían. Para desgracia de muchos el bueno de Florentino llevaba meses con la calculadora, los estudios de mercado y las estrategias de marketing y había llegado a la conclusión de que se hacía necesario el golpe de efecto que no se iba a conseguir con la contratación de dos jugadores con una mínima cuota de mercado fuera de nuestras fronteras. Considerar al Real Madrid como un equipo únicamente español y vivir permanentemente mirándonos el ombligo no es lo que ha hecho que el club sea a día de hoy el más poderoso del mundo. El fichaje de Gareth Bale es absolutamente esencial desde un punto de vista estratégico y más cuando parte de los derechos de imagen de Cristiano Ronaldo se han ido al limbo de su renovación. Decía hoy mi amigo Jarroson en su crónica del partido: “…acabamos de salir de tres años en los que se ha demostrado que no es necesaria meter a muchos trapecistas en una cuerda para tener un espectáculo más bello.” Olvida Jarro las palabras de Florentino Pérez tras el verano de su rentrée: “Hemos tenido que hacer en un año lo que podríamos haber hecho en tres” y olvida también que durante los últimos tres años el entrenador del Real Madrid era un tal José Mourinho que atraía sobre si el foco mediático de tal forma que no hacía falta mucho ruido más para mantener al Real Madrid en el primer plano de la información a nivel mundial. El Madrid de Lorenzo Sanz ganó dos Copas de Europa y sin embargo tuvo que vender, por ejemplo, a Clarence Seedorf para pagar las nóminas de los jugadores. Y de lo que hizo Ramón Calderón con la herencia económica recibida de la primera etapa de Pérez mejor no hablamos. En lo estrictamente deportivo discutir a Gareth Bale cuando se ensalza a jugadores que han demostrado un millonésima parte de lo que ha demostrado el galés no se entiende. Yo, al menos, no lo entiendo. Y discutir sobre la necesidad o no de contar con uno de los mejores jugadores del mundo me recuerda a lo que se dijo cuando se fichó a Zinedine Zidane. Podemos discutir la necesidad de contratar a un 9 pero eso sólo puede hacerse de forma independiente al fichaje de Bale y cuando pedimos, por ejemplo, a Suarez no conviene olvidar que un jugador de su carácter vistiendo además la camiseta del Real Madrid podría pasarse la mitad de la temporada sancionado.

Llevábamos semanas sin dejar de escuchar y leer que en el primer partido de liga el titular en la portería sería Íker Casillas. “¡Para eso han fichado a Ancelotti!”, rugía la marabunta. Y en los días previos al partido contra el Betis nadie ponía en duda que el muchacho de Móstoles volvería al lugar en el que se supone que debe estar siempre, bajo el larguero, en virtud de unos derechos históricos que alguien debió firmar en una bolsa de pipas. Yo debía ser el único cretino que apostaba por la titularidad de Diego López aunque bien es cierto que lo mío responde a una teoría de la conspiración sin base alguna y que yo mismo he inventado. Que López lo juegue todo para forzar a Casillas a pedir su salida en el mercado de invierno para que no peligre su participación en el Mundial de Brasil. Dicen, no sé si es cierto, que Ancelotti anunció a los jugadores durante la semana que Casillas sería el portero titular pero lo cierto es que a la hora de la verdad el que apareció en la alineación fue el gallego y al capitán, la bandera del madridismo, español y canterano, sólo le faltó decir: “Pues ahora me enfado y no respiro”. Se conformó con la enésima muestra de su total falta de respeto a sus compañeros, al club que le paga y a la afición del Bernabéu que le ha defendido hasta hace bien poco. Casillas no participó en el calentamiento y tuvo que ser Mejías el que realizara la labor habitualmente destinada al portero suplente en el calentamiento del portero titular. De brazos cruzados, en el medio del campo, como un niño chico, quizás escuchó Casillas los pitos de su afición cuando su nombre fue mencionado por megafonía. Como tantas veces, este hecho ha sido convenientemente silenciado por una prensa a la que se le acaban las excusas a la misma velocidad que a nosotros la paciencia. En el debe de Carlo Ancelotti hay que poner que no mandara al capitán a casa después de que éste se negara a realizar su trabajo.


La primera alineación de Ancelotti apenas tuvo sorpresas si descontamos la portería. Ha sido el propio entrenador el que se ha cansado de repetir durante la pretemporada que el objetivo del Madrid era jugar bien al fútbol, bien aleccionado supongo, y en su primer partido oficial llenó el campo de eso que los modernos llaman “fantasistas” y los horteras “jugones”. Fue un desastre. Pepe Mel adelantó la defensa 20 metros y durante la primera parte la mayoría de los ataques del Madrid acababan en las botas de Benzema en fuera de juego, para desesperación de sus groupies y las medias sonrisas de los fans de Higuaín. El cambio de actitud que se esperaba del francés al quedar como único referente en ataque no fue tal y al Bernabéu se le empieza a acabar la paciencia. Dos laterales que son un desastre táctico, dos centrales sin jerarquía alguna, Khedira quedando sólo en la labor de proteger la casa, Modric desubicado y cuatro jugadores arriba a los que no llamó Dios por el camino del sacrificio. Cada pérdida de balón era un susto que afortunadamente el Betis sólo supo aprovechar en una ocasión. Lo peor fue la absoluta falta de organización del equipo en ataque y sobre todo en defensa. Por primera vez en mucho tiempo tenía sentido aquella frase totémica: “El Madrid no juega a nada”. Estoy completamente de acuerdo con lo que hoy decía Percivalesco en Twitter: “Si el Madrid tiene un bloque que viene de jugar a una cosa, no creo que el entrenador sea tan idiota como para no carburarla en función de sus características.” Dejar de lado un estilo de juego que ha funcionado mejor de lo que los resultados de la última temporada pueden hacer suponer sólo para incluir a determinados jugadores que cuentan con el beneplácito de la prensa no parece la manera más inteligente de comenzar una etapa. Y menos cuando se espera la llegada de un crack que se adapta mejor al estilo anterior que a este nuevo que ayer vimos sobre el césped del Bernabéu. Es abandonar el punk para ir a parar directamente a los Nuevos Románticos sin pasar por el after-punk. Te pierdes a Joy Division y a The Cure. Uno esperaba estampidas dobles de Bale y Cristiano y empieza a temer que se va a tener que contentar con taconazos de Isco, subidas sonrientes de Marcelo y “asociaciones” de Benzema. Ganó el Madrid sin lustre alguno con un gol de Isco que le redimió a mi entender de una actuación ciertamente mediocre. Carletto sabrá. Tiempo al tiempo. Nos quedamos, como Vladimiro y Estragón, esperando a Gareth Bale. 

domingo, 28 de julio de 2013

Dick

Hay un instante fatídico en el que la tragedia que parecía lejana y ajena y que tan sólo movía a cierta empatía con el dolor de otros se convierte en propia. La porción de tiempo que ocupa la lectura de un mensaje de Whatsapp basta para cambiarlo todo y que el corazón se encoja. Andábamos enredando con el accidente y sus causas y con el tratamiento dado por la prensa al suceso sin sospechar que entre los hierros retorcidos estaba uno de los nuestros. Uno de los buenos, quizás el mejor aunque ahora suene a elogio manido al que ya se ha ido. Las horas de incertidumbre entre ese mensaje y la confirmación de la muerte de Dick las ocupamos algunos en subir a Twitter las canciones que sabíamos que más le representaban; con las que había bailado, en sus propias palabras, “metiendo culo y sacando morritos”. Cada uno tiene su propia forma de rezar y de enfrentar la tragedia cuando parece pendiente sólo de un milagro que casi nunca llega.

Si dijera que no conocí a Dick mentiría. No lo vi nunca en eso que llaman pomposamente “el mundo real” y sin embargo lo conocía mejor de lo que conozco a la mayoría de los que conviven conmigo a diario. Supongo que a muchos les resultará difícil de entender y, a estas alturas, poco me importa. Santiago Segurola salió horrorizado de Twitter definiéndolo como “un bar de borrachos”. Manuel Jabois ya le contestó con su brillantez habitual pero uno acaba pensando que el bielsista tenía algo de razón. Mi experiencia me dicta que, más que un bar de borrachos, Twitter es una zona de bares. Uno va entrando en todos hasta que un día descubre un bar en el que pinchan la música que a uno le gusta y se queda en él para siempre. Conocí a Dick en ese bar hace ya más de dos años y con él he desayunado, he tomado el vermut, la comida, el café, las cañas, las copas y hasta la última del último after. He vistos los partidos del Madrid de Mourinho y del Madrid de Messina y del de Pablo Laso. Unas olimpiadas. Una Eurocopa. Conciertos de New Order y Noel Gallagher. He despedido años y celebrado cumpleaños. He bajado con él a comprar risketos al chino y he sufrido con él sus “cierres de mes”. Con Dick y con otros, a los que como a él considero mis amigos por encima de definiciones que convendría revisar más pronto que tarde. De carácter vehemente los dos, hemos discutido sobre lo divino y lo humano sin dejarnos palabras en el tintero de la cortesía. Revisando ayer sus tuits encontré la última discusión que tuvimos, a cuenta del atentado de Boston, y descubrí con infinita e íntima satisfacción que quedó zanjada cuando le dije: “Tú y yo no podemos discutir, Dick”. Era tanto lo que nos unía que carecía de sentido enzarzarse en estériles discusiones sobre acontecimientos sobre los que nada sabíamos en realidad. Lo nuestro era el Real Madrid, el northern soul, el revival mod, Mourinho y Sir Alex, los Boston Celtics, el sonido Manchester y el Brit pop, el baloncesto FIBA de hombres de pelo en pecho y Drazen, los bares, los clubes, los afters, las mujeres que amamos y las que íbamos a amar y Zooey Deschanel.

Algunos tienen la idea de que los tuiteros somos una masa de frikis sin amigos que disfrazan en la red social sus carencias afectivas y sociales. Seguramente haya de esos pero los que yo conozco y yo mismo no somos sino nostálgicos del bar y la pandilla. Y de un tiempo en el que la juventud nos permitía vivir siempre en el exterior ajenos a las responsabilidades y los horarios. El tiempo de los bares frente a la facultad, los amigos del fin de semana y las largas vacaciones de verano en las que todos los días eran sábado. Encontramos en Twitter la manera de pasarnos la vida en el bar cuando ya no podemos pasar la vida en el bar. Encontramos en Twitter aquel bar al que siempre podías dirigirte, cuando salía mal una cita o decidías echarte a la calle a última hora, sabiendo que encontrarías allí a tus amigos. A Dick lo podías encontrar casi siempre en el bar, destilando ingenio en botellitas de 140 caracteres, repartiendo bilis entre los tontos, discutiendo con Koji y Favelas o encerrado en el DM con alguna muchacha bien parecida. En Dick veíamos una actitud descarada, nerviosa y febril que lo emparentaba con los work-class-heroes que tanto amaba, siendo la conciencia de clase de Dick únicamente de orden estético y nunca político. Veíamos una arrogancia de la que descendía lentamente como el riff final de un medio tiempo pop. Dick era pop. Cada uno de sus tuits era una píldora de entusiasmo juvenil y optimismo vital salpimentados a veces de cierta amargura nostálgica. Y el ingenio del que estaban repletos era tan habitual que en ocasiones pasaban desapercibidos hasta el punto de que con las caras b de los singles de Dick podríamos hacer uno de los mejores discos de todos los tiempos. Noel y Mourinho. Mourinho y Noel. La Santísima Dualidad en la que se asentaba el paganismo pop en que consistía la religiosidad de Dick. Noel era Dios y Mourinho era Dios. Dos personas distintas y un sólo Dios verdadero. “Solo creo en Mourinho y en Noel Gallagher. Y ninguno es español”. Una dualidad que se vio aumentada con la llegada al gobierno de Luis de Guindos y el intento, nada exitoso por cierto, de Dick de convertirnos a todos al “deguindismo”. “Ahora mismo están en suelo español Noel Gallagher, Mourinho y De Guindos. No os olvidéis de este momento nunca”. A Dick le gustaban los trajes de corte impecable del Ministro de Economía y que metiera palabras en inglés en sus comparecencias y lo convirtió en mito. Junto a esos dioses todopoderosos habitaban el Walhalla de Dick dioses menores que iban de Petrovic a Khedira pasando por Bird o Ray Davies. Trasteando desde el viernes entre sus tuits encontré uno que no vi en su momento y que llevo bordado ahora en la negra parca que cubre mi alma estos días como si fuera la escarapela de la RAF. Y una escarapela de la RAF ha sido la corona de flores que tan acertadamente eligió Luis Espuny para homenajear a Dick en nombre de todo el Madridismo Underground. Porque esa era la etiqueta que prefería Dick sabiéndose miembro fundador de un movimiento nacido en las catacumbas de Fans del Madrid y al que otros llegamos de rebote provocando no pocas veces que Dick nos mirara, con razón, como simples advenedizos. Dick escribió la mejor definición que se haya hecho nunca del mourinhismo: "el mourinhismo es no deberle nada a nadie" y como él no le debía nada a nadie pudo mantener siempre una independencia que quizás otros muchos perdimos en algún momento. Es por eso que el TL de Dick en Twitter es la mejor manera de entender esos años que ayer mencionaba David Gistau en su conmovedor obituario en ABC. Esa columna de David me hizo recordar, y creo que él la habrá recordado estos días también, una conversación nocturna entre los tres a colación de un artículo de Gistau sobre Obús y que había causado en mí y, sobre todo en Dick, una gran desazón. Acabado el intercambio de tuits, David tuvo a bien enviarme un mensaje directo: "Te voy a contar un secreto. Cuéntaselo a Van Palomaain pero a nadie más, que bastante tengo con lo que tengo". Transmitido el secreto, que quedará para siempre entre los tres, recibí la contestación de Dick, tan suya, "menos mal, macho, ahora ya puedo irme a dormir tranquilo". Genio y figura.

Me perdonará Dick, puede que no, si elijo para despedirle el estribillo de una canción de The Kinks y no una de Oasis. Canción que define, en mi opinión, mejor que ninguna otra el espíritu que animaba a Dick y que lo hacía único e irrepetible. Juan Antonio Palomino, Van Palomaain para los siglos, Dick, amigo, nos veremos pronto.

And I don't want to ball about like everybody else,
And I don't want to live my life like everybody else,
And I wont say that I feel fine like everybody else,
Cause Im not like everybody else,

Im not like everybody else.

martes, 21 de mayo de 2013

Los años de Mourinho (I)


Fue una segunda adolescencia. Un recuperar el gusto por el fútbol y sus calles adyacentes que habíamos perdido en medio de carruseles, sanedrines y programas de madrugada con olor a naftalina y coñac barato. Volvimos a ser jóvenes airados, chicos rebeldes, beatniks en un Frisco virtual con compañeros de viaje que íbamos encontrando en el camino. Había llegado José Mourinho para abrir las ventanas y regenerar el aire viciado y espeso, grasa y sudor, perfumes de droguería y palillos en la comisura de los labios. Veníamos de un fútbol funcionarial y triste, atenazado por las convenciones, secuestrado por gañanes a las órdenes de señoritos con intereses espurios. Veníamos de un madridismo acogotado y triste, que rumiaba las derrotas más indecorosas y vivía las victorias con vergüenza y sentimiento de culpa. Mourinho nos hizo recuperar el orgullo, la historia y las esencias verdaderas alejadas de los falsos profetas de un señorío impostado que no perteneció jamás al Real Madrid. “Señorío es morir en el campo y no filosofía barata”. José Mourinho traspasó lo futbolístico y puso a todo un país frente al espejo. Y vimos un país anclado aún en los mismos vicios del pasado, con sus mismas miserias y defectos. La España de la envidia y la molicie, de la soberbia mal entendida y la humildad más falsa, la del conchaveo y el amiguismo, la de un patrioterismo asentado en la ignorancia y el odio al diferente. Hemos pasado del “que inventen ellos” al “no hace falta que vengan de fuera a inventar nada”. Es el casticismo del casticismo. Mourinho fue el pedal de distorsión en una melodía que ya sonaba rancia, la granada sin anilla en el agujero del culo de los mediocres, el hombre nuevo en un reino de porteras. Y también hubo fútbol. Claro que hubo fútbol. Tormentas eléctricas de fútbol salvaje. Riadas de fútbol primitivo que nacía extrañamente de sofisticadas estrategias. Fútbol frenético que desesperaba a los realizadores de televisión. Fútbol en cascada, bucles de fútbol, viento huracanado de fútbol, bombardeos psicópatas de fútbol. Violenta velocidad y armonía en el caos. Fueron años de sensaciones y piel. De matildismo y malditismo a partes iguales. El adiós de Rimbaud.

“Sí, la nueva hora es al menos muy severa.
 Ya que puedo decir que he alcanzado la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros llenos de pestes se calman. Todos los recuerdos inmundos se borran.
Hay que ser absolutamente moderno”.

martes, 30 de abril de 2013

Amancio


Antes de que nos robaran el fútbol las únicas cifras que importaban eran las que aparecían en los marcadores con sus rectángulos de cartón-piedra, nadie medía la longitud de las briznas de hierba ni la cantidad de pases seguidos que era capaz de dar un equipo y los highlights se almacenaban en la memoria colectiva en vez de en servidores de San Bruno-California y se transmitían de generación en generación como romances antiguos de la boca de los mayores a los oídos de los niños. No había carrileros, ni medioscentros, ni trescuartistas y todos los delanteros eran de verdad y los porteros estaban locos. Era un fútbol de domingo tarde, cambio de cromos y transistores. Los futbolistas eran nada más y nada menos que futbolistas y dejaban los sermones para los párrocos de misa de doce. Era un fútbol sentimental y básico en el que se cimentaban pasiones que sólo tenían que ver con el propio fútbol. Amancio Amaro perteneció a una de las últimas generaciones de futbolistas que no necesitaron taparse la boca para hablar en un campo por miedo a los lectores de labios y leemos su nombre en los papeles con la voz grave del abuelo que nos relató su mito en noches de Copa de Europa y mesa camilla.
“Amancio jugará en el Real Madrid, fichadlo”, cuentan que dijo Santiago Bernabéu a sus directivos que no parecían muy convencidos de soltar los 10 millones de pesetas de la época que costaba traer de La Coruña a un joven de 22 años sin experiencia en las grandes citas europeas y Amancio fichó tranquilo o eso dijo. Nacido para el fútbol en un equipo llamado Victoria su destino no podía ser otro que el Real Madrid. Era el momento de una renovación necesaria de un equipo que había conseguido que el fútbol quedara definido como un juego que inventaron los ingleses para que el Real Madrid lo hiciera leyenda. De vuelta a Manchester, tras ver un partido del Real Madrid en el Bernabéu, Matt Busby no pudo contener el entusiasmo y reunió a sus jugadores en el vestuario de Old Trafford para decirles: “Boys, they’re playing a different game over there in the continent. We’ve got to get involved”. Aquel Madrid dejó un legado de victoria y un estilo de fútbol directo y vertical, sin atajos, como correspondía a un equipo de saetas, galernas y cañones al que Bernabéu quiso añadir un brujo para que continuara el hechizo. Eso vio Santiago Bernabéu en Amancio Amaro, ese mismo fútbol sincero y sin ambages, que sólo conoce un destino, que sólo ambiciona un objetivo. El Real Madrid es una religión en la que la paciencia es pecado. Amancio era la gambeta acerada y la velocidad consciente, la magia galaica y brumosa, el temperamento de la marejada atlántica. Llegó a tiempo de compartir vestuario con aquellos mitos blancos y de ellos aprendió cual es el espíritu del Real Madrid, su esencia, su sino y su grandeza y acabó también convertido en mito. Con ellos perdió una final de la Copa de Europa, frente al Inter de Helenio Herrera y Luis Suárez, en lo que fue la despedida de Di Stéfano y de un tiempo inolvidable. Dos años más tarde se encargaría el propio Amancio de cerrar definitivamente un ciclo legendario con un gol en Bruselas contra el Partizan de Belgrado que sirve para ilustrar su libro de estilo y que le dio al Madrid una Sexta Copa de Europa que fue la última hasta hace bien poco. Un desmarque fulgurante, dos quiebros violentos y un toque sutil. Un gol que debería ser icono de la forma de entender el juego que acompañaba a Amancio Amaro y también al Real Madrid desde sus inicios. “La belleza del fútbol está más bien en el jugador que mata sus deseos de correr la pólvora y va desnudo a la velocidad”, escribió el olvidado Jacinto Miquelarena que distinguía lo perpendicular de lo barroco, la sobriedad de la pirotecnia. La magia de Amancio tenía un objetivo más allá de la estética vacía. Sus regates de bruixo eran salidas para continuar hacia un objetivo que no era otro que el gol. 14 temporadas en el Real Madrid, 1 Copa de Europa, 9 Ligas, 3 Copas de España, 2 veces Pichichi, 1 Bota de Bronce y una Eurocopa, ahora olvidada, de cuando España aún se llamaba España y no La Roja.
Nunca se escondió Amancio de los defensas que se cobraron en sus piernas la misma falta de piedad que él demostró por sus cinturas. Jamás pudo, ni quiso, dejar de arriesgar su físico. En aquél fútbol no existía el rival que le cediera un centímetro de césped sin armar la bota. Y no salía el Platini de turno a proteger de los defensas inclementes la magia del Balón de Bronce de cuando no los elegía el seleccionador de Qatar. Por valentía, la carrera de Amancio es el camino que lleva del catalán Torrens al paraguayo Fernández. En febrero de 1965, Torrens, en el Camp Nou, le mandó siete meses de la clínica al gimnasio porque “no había otra forma de pararle”. La prensa catalana acusó a Amancio de cuentista mientras su jugador se iba de rositas. En Junio de 1974, Fernández pareció que había conseguido retirarle del fútbol, en Granada. Una entrada salvaje por encima de la rodilla consiguió romperle el músculo cuádriceps. Al paraguayo le cayeron veinticuatro partidos de sanción. La cirugía y la férrea voluntad del gallego le devolvieron a los terrenos de juego hasta su retirada en 1976.
Como entrenador nos legó una generación de jugadores que en justicia debió llamarse “Los Niños de Amancio” y que incomprensiblemente acabó siendo conocida como “La Quinta del Buitre”. Los números y los datos sirven de poco para expresar el legado de Amancio Amaro pero conviene que las nuevas generaciones de madridistas sepan quiénes fueron y qué hicieron los hombres que convirtieron al Real Madrid en una leyenda viva y que no deben quedar olvidados en los archivos polvorientos del NO-DO. Deben ser sus voces y no otras las que nos hablen de la historia que ellos mismos construyeron, del espíritu que animó sus vidas deportivas y de la realidad de un club que se reinventa en la modernidad para recuperar su esencia. Amancio Amaro, El Brujo, mito viviente de una época en la que se cimentó una leyenda eterna.

(Escrito en colaboración con Manuel Matamoros para Primavera Blanca. http://www.primaverablanca.com/ )

miércoles, 6 de marzo de 2013

Héroe


El 20 de agosto de 2007 Sir Alex Ferguson, al frente de una numerosa delegación del Manchester United acudia a un funeral en la iglesia católica de Hidden Gem. Allí se pudo encontrar con Peter Hook, Shaun Ryder, Andy Rourke o Clint Boon. Todos ellos acudían para dar un último adiós a uno de los hombres más populares e influyentes de Manchester. Fundador de Factory Records y propietario del club The Hacienda, Tony Wilson había sido un pilar fundamental de la cultura popular británica desde los albores del punk hasta el momento de su muerte. Esa peripecia vital fue magníficamente retratada por Michael Winterbottom en la película 24 Hours Party People, un extravagante bio-pic relatado en primera persona que comienza con el primer concierto que los Sex Pistols dieron en Manchester y que habría de cambiar para siempre la concepción que de la música tenían Tony Wilson, por entonces reportero de Granada Television, y unos pocos jóvenes mancunianos más entre los que se encontraban Howard Devoto, Peter Hook, Vini Reilly, Bernard Sumner o Mick Hucknall. Una de las secuencias de la película nos muestra a Wilson dirigiéndose directamente al espectador mientras avanza por la pista de The Hacienda, sorteando a centenares de clubbers que participan felices en la sagrada ceremonia del ritmo que oficia desde la cabina del dj Laurent Garnier. “Manchester, cuna del ferrocarril, el ordenador, la bomba que bota. Y esta noche está sucediendo algo igualmente histórico… ¿Lo veis?...Están aplaudiendo al dj. No a la música, no al músico, no al creador, sino al médium. Aquí está el nacimiento de la cultura rave, la beatificación del ritmo, la era de la música dance. Es el momento en el que hasta el hombre blanco baila”. Hace tres años esa revolución se produjo de la misma manera en otro club, el Real Madrid. Por primera vez, no sólo había buenas canciones en las estanterías sino quien las colocara en un orden lógico para crear un todo. Por primera vez en el club blanco se empezó a aplaudir al médium y vivimos desde entonces el momento en el que hasta los hombres blancos bailan.

Un partido del Real Madrid en Old Trafford activa reflejos condicionados y recuerdos que forman parte del imaginario madridista. El enfrentamiento del año 2000, que abría el camino hacia la consecución de la Octava, tuvo como principal protagonista a Fernando Carlos Redondo, que dominó aquel partido con una autoridad que no hemos vuelto a ver en jugador alguno. No olvidamos el partido de Steve McManaman, un jugador de culto, algunas de cuyas jugadas guardamos en el cajón de los recuerdos como si fueran singles de The Durutti Column, y de un Raúl en el que todavía observábamos cierto fulgor adolescente y el descaro del fútbol de descampado. Queda para los siglos la jugada de Redondo en el segundo gol madridista que fue magia y milagro. Magia en el taconazo inverosímil, cuyo truco aún tratamos de desentrañar, y milagro en ese pie que llega para salvar el balón justo antes de que éste se precipite por el abismo de la línea de fondo. Tony Wilson recordaba años despues ese partido en las páginas de The Guardian: “One of the times I've felt most desperate was when Real Madrid knocked us out at Old Trafford in 2000, when Redondo was fantastic in midfield for Real and ran the game. It was a serious disappointment.”

De nada iban a servir ayer los recuerdos. Alex Ferguson llegó a Old Trafford con la lección bien aprendida y se permitió dejar en el banquillo a Rooney y su aspecto de miembro del sindicato de estibadores de Liverpool. Planificó un sistema de ayudas que dejaban siempre a Cristiano Ronaldo solo frente a todos y rescató la esencia del fútbol inglés de balones en largo en busca de Van Persie y Welbeck. Con el segundo tendrán pesadillas Sergio Ramos y en menor medida Varane. La primera parte fue un quiero y no puedo del Madrid cuyos ataque acababan muriendo siempre en el borde del área y un susto tras otro de los blancos que sufrieron como nunca en los balones aéreos que siempre ganaba Vidic. Visto lo visto, el empate inicial no era mal resultado al descanso contando con la lesión de Di María que tuvo que ser sustituido por Kaká poco antes de cumplirse el primer acto. El plan de Ferguson encontró su premio cuando Sergio Ramos desvió un balón que llegaba mansamente a los pies de Fabio Coentrao y lo introdujo en su propia portería. Si para resarcirse de su fallo en la tanda de penaltis frente al Bayern acabó lanzando un penalti a lo Panenka en la Eurocopa, no queremos ni imaginar con qué nos sorprenderá el de Camas ahora. Tras el gol hubo tímida reacción madridista pero fue un golpe de suerte, nunca mejor dicho, lo que cambió el signo del partido. Nani impactó con los tacos en el costado de Álvaro Arbeloa y el árbitro decidió mandarlo a la caseta. No fue la expulsión lo que hizo variar la tendencia de la eliminatoria sino el cambio introducido por José Mourinho. Apareció sobre el césped de Old Trafford la infantil figura de Luka Modric y, ante la sorpresa de todos, se hizo con los mandos del encuentro. Fueron apenas veinte minutos de descaro plavi pero valieron una eliminatoria. Se encargó el croata de mover al equipo hacia un lado y hacia otro, de batir líneas con eslaloms asesinos, de ofrecerse apareciendo siempre junto al compañero presionado, de inventar pases al corazón del área y, como esto no fue suficiente, acabó pidiendo un aclarado para jugarse un balón que terminó en el fondo de la red. Era Luka Modric pero yo estaba viendo a Alexandr Petrovic. Ese gol encendió al Madrid y deprimió al United y vivimos los mejores minutos del partido que culminaron con una combinación genial entre Ozil e Higuaín que el argentino aprovechó para centrar al segundo palo donde apareció Cristiano para cerrar la eliminatoria. Esa asistencia del argentino fue un premio escaso para el derroche físico y táctico que desplegó durante todo el partido y que explica sobradamente la decisión de Mourinho de preferirle al huido Benzema, que celebró el segundo gol mientras recibía las instrucciones para saltar al campo y acabó recibiendo la instrucción de volver al banquillo. Los veinte últimos minutos sirvieron para agrandar la figura de Diego López y para recordarnos el partido del año pasado frente al Bayern en el Bernabéu. Con la eliminatoria prácticamente sentenciada se descompuso por completo el Madrid y se vivieron minutos de absoluto dominio de los de Ferguson. Resulta especialmente llamativa en un equipo dirigido por Mourinho esa dificultad para controlar esa clase de partidos cuando ya parecen resueltos. Tan sólo Modric pareció entender qué había que hacer y el partido acabo muriendo en sus pies de niño de la guerra, exiliado desde ayer del olvido e instalado ya en el  olimpo de los héroes madridistas. Un héroe como el retratado en el poema de José Hierro.

Despojad un instante a esta palabra
-héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad
las iconografías consabidas:
Grecia y piedra rosada, cara al mar,
héroes ecuestres del Renacimiento…
Era otra cosa el hombre que yo vi.

sábado, 2 de marzo de 2013

Eternidad


Cuando José Mourinho aterrizó en Madrid, el Barcelona de Guardiola amenazaba con instaurar una hegemonía futbolística e ideológica que podía mantenerse durante más años de los que nuestra paciencia podría soportar. No era sólo la impecable trayectoria deportiva del Barça sino la deriva madridista hacia el conformismo en la derrota. Como escribió Samuel Johnson: “Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas.” Ese fue el principal escollo que tuvo que superar el entrenador portugués y más cuando en su primer enfrentamiento directo con el Barcelona cosechó la más humillante de las derrotas. Romper la cadena del hábito de la derrota fue una misión que sabemos que no hubiera podido ser realizada por ningún otro. Aquella dolorosa goleada bien pudo haber convertido al Madrid en el Foreman que salió de Kinshasha, sumido en una depresión que duró años, pero la personalidad del de Setúbal sobrevivió a aquello como ha sobrevivido a muchas otras cosas que ha tenido que sufrir desde que llegó a España. Las últimas victorias frente al Barcelona parecen haber servido para apartar el foco de la crítica del rostro del entrenador y prefiere el agit-prop del marquismo-leninismo centrar el ataque sobre esos nuevos enemigos del pueblo que pegan pataditas a los niños buenos. Ayer ganó el Madrid, además, recurriendo al plan primigenio con Pepe de medio-centro.

A Hugues este Barcelona del ocaso le mueve a la ternura y otro tanto me ocurriría a mí de no contar en sus filas con Xavi Hernández. Xavi es la barrera infranqueable que no pueden atravesar mis intentos de empatía con el Barça derrotado y triste, desnortado y agónico. Xavi va camino de convertirse en la Norma Desmond de este crepúsculo de los dioses blaugrana y sabemos que acabará replicando al “era usted grande” con un “soy grande, es el fúpbol el que se ha hecho pequeño”. Ayer tarde no estaba Xavi y yo estuve a punto de no estar tampoco. La inquina de Roures hacia lo español le llevó a poner el partido a la hora de la siesta y uno está tan acostumbrado ya a la nocturnidad futbolera que le pareció que ver el partido tomando un cortado era lo mismo que pedir un poleo en un burdel. Lo mismo debió pensar Benzema, que apareció a poco de comenzar el partido para empujar a la red un buen centro de Morata y no volvimos a saber de él. Como ya hemos dicho, Mourinho hizo un guiño al pasado y sacó a Pepe a limpiar el centro del campo haciendo que los centrocampistas del Barça levantaran los pies como los clientes del bar que cierra cuando pasa el camarero con el cepillo y el mocho. El Barcelona de la primera parte fue el Limoges de Bozidar Maljkovic dando una lección de tostonball y en medio del aburrimiento Messi hizo el mismo truco que Benzema apareciendo para marcar un gol y desapareciendo después. El Madrid había salido con un equipo lleno de suplentes y no fue porque Mourinho tirara el partido pensando en el martes sino porque pensó que con ellos bastaba para contener a este Barcelona meláncolico que mira al banquillo buscando a Guardiola y se encuentra a un payés en chándal que parece haber salido de casa a ver cómo marcha la cosecha de arbequinas. El pobre Roura tiene en el rostro una permanente expresión de llevar un traje que le viene demasiado grande porque no le dejaron ir al sastre a probárselo antes. Controlado el partido anímicamente salió Cristiano, que ya en la primera jugada despertó a todo su equipo que se había quedado hipnotizado por el péndulo del tiqui-taca, y Sami Khedira que sólo tuvo que darle las buenas tardes a Iniesta para que se terminara la fiesta. Ramos marcó el gol de la victoria al cabecear un córner magistralmente botado por Modric y casi le perdonamos todo lo demás. Terminó el partido con una caída de Adriano dentro del área del Madrid que Valdés desde el otro lado del campo vio como clarísimo penalti y tras el pitido final se cagó en los valores corriendo a por el árbitro, mostrando un comportamiento tan chusco y alejado de las enseñanzas de La Masía que no descartamos que esta semana se recupere la entrevista en la que siendo niño mostraba su rendida admiración por Paco Buyo. Dos victorias seguidas frente al Barcelona han servido para cicatrizar profundas heridas pero el madridismo siempre quiere más y nos sirven para explicar nuestros anhelos los versos de Houllebecq.

“Queremos algo como una fidelidad,
Como una imbricación de dulces dependencias,
Algo que sobrepase la vida y la contenga;
No podemos vivir ya sin la eternidad.”

Y la eternidad, para el Real Madrid, solamente es la Copa de Europa.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Danza


Nos contaban ayer, con acento porteño y conjeturas borgianas, que la plantilla del Real Madrid se dividía en dos. Los sicarios sin alma, dispuestos a seguir al pie de la letra las macabras instrucciones del Padrino, y los objetores de conciencia, cuáqueros en calzoncillos que desoyen las llamadas a la violencia de su perverso entrenador. Xabi Alonso y Álvaro Arbeloa han pasado de ser héroes de eso que llaman La Roja a ser presentados como una especie de alter-egos de Vincent Vega y Jules Winnfield en un pulp fiction ad hoc con los exteriores rodados en los estadios de media España hasta el punto de que uno ya se imagina al de Tolosa recitándole a Messi los versículos del Libro de Ezequiel, antes de estamparle contra las vallas publicitarias, bajo la mirada aburrida del de Salamanca. “Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos”. Lo único cierto es que la falta de liderazgo en el campo que observábamos en los partidos importantes de la temporada pasada parece haber sido sustituida por el incontestable liderazgo futbolístico de Cristiano y por el cada vez más visible liderazgo moral de los dos jugadores a los que ahora señalan los voceros del tardo-segurolismo emitiendo gironazos a diario. "Ser comprendidos no es necesario. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía”, escribió Marinetti y lo mismo parecían decirles a sus compañeros en el calentamiento los dos soldatos de Mourinho.

La melancolía ha tardado en llegar pero parece haberse instalado ya en Can Barça por mucho que intenten evitar pronunciar el nombre de Guardiola como si fuera el de Jehova. El Real Madrid cerró el círculo que se abrió con el 5-0 que no queremos ni recordar con un partido que dominó siempre dándole el balón al Barcelona como quien se lo da en la playa al niño para que no moleste. Adelantó la defensa para achicar espacios y maximizar la presión reduciendo el juego del Barça a un rondo inane e insustancial. Varane volvió a ofrecer un clínic aseando las inmediaciones del área con una suficiencia y elegancia que no habíamos visto jamás y dejando en segundo plano la descabellada exuberancia física de Ramos. A Rafael Varane le pones a barrer con una escoba el escenario del Teatro Real y le acaban concediendo el Premio Nacional de Danza. Los laterales no permitían ninguna broma y Khedira se aplicaba en la contención dejando para otro día lo del box-to-box. Alonso asumió los galones e Higuaín, consciente de su baja forma, se dedicó a un trabajo sucio y poco lucido que acabaría por agradecer el colectivo. Di María ponía algo de locura canchera, Ozil perfumaba el campo con esencias de Anatolia y Cristiano desquiciaba a toda la defensa blaugrana, incluido Puyol, que por una vez abandonó el seny y disfrazó su impotencia con el traje de supuestos errores arbitrales. Una cabalgada de Cristiano sólo pudo ser frenada por una zancadilla de Piqué dentro del área y el de Madeira se encargó de anotar el primer gol con la suficiencia del que conoce su propio destino. “El mundo es de quien nace para conquistarlo y no de quien sueña que puede conquistarlo”, dijo otro portugués, Pessoa. El gol que adelantaba al Madrid sirvió también para desquiciar al Barcelona que, como suele hacer en estas ocasiones, abandonó el fútbol para echarse en brazos de la simulación. A Jordi Alba le jugaron una mala pasada las neuronas espejo y tras recibir un golpe en el pecho dudó entre imitar a Alves agarrándose la pierna o a Busquets llevándose las manos a la cara. Optó por lo segundo, suponemos que por empatía nacionalista. Nada cambió tras el descanso y si cambió algo fue para incrementar el dominio del juego del Madrid y la soporífera performance del Barcelona. Di María le hizo un roto a Puyol y el rechace de Pinto lo recogió Cristiano que hizo pausa de taurino y alojó el balón en la portería y el discurso culé en el cubo de la basura. Varane le ganó la posición a Piqué a la salida de un córner y, mientras el novio de Shakira buscaba en la grada espías de Metodo 3, el balón llegaba a la red con la suavidad de una caricia. Corrió el cuáquero Varane a abrazarse con el líder del Grupo Salvaje, dejando al escriba de El País con el culo al aire del invierno. Tras el tercer gol no quiso el Madrid hacer leña del árbol caído y reservó fuerzas para las batallas que se avecinan. En un arranque de lo que creemos que es humor portugués mandó Mourinho a Casillas a dar la rueda de prensa, como quien manda al niño al quiosco para poder echar un polvo tranquilo, mientras en el vestuario celebraban las hienas la caza del ñu. Quedan pocos meses para que acaben las especulaciones sobre el futuro del entrenador y desde aquí sólo nos queda recurrir de nuevo a Nietzsche y decirle: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Como diría uno que yo me sé, parafraseando a otro que todos sabemos: “Que la chupen, que la sigan chupando”.